
La niña Elisa al piano, la partitura de Beethoven “Para Elisa” melodía pegada en mis oídos, en mi lengua, mi piel, como el olor a cerezas y los vuelos de mariposas.
La visita aguardaba, acomodada en la amplia y elegante sala, llena de antigüedades, desde los muebles Luis XV hasta sus dueños, de no se cuantos años.
Empezaba Elisa con sus delicadas manitas al piano, yo esperaba el tercer acorde.
Ya preparada entraba con una flor roja de seda, atada en una cinta negra que se confundía en mis cabellos, vestido blanco de tul, ahora mío, fue de Elisa cuando hizo la primera comunión.
Tarararan, danzando en medio del salón, no puedo describirme, se apoderaba de mí un espíritu, ahora estoy convencida que era Isidora, sentía cada nota melódica brotando por mis poros, mi cuerpo obedeciendo los sonidos, mis invisibles alas elevándome a cielos extraños. Esa sensación de felicidad y tristeza, sentirme un ave, dueña de mis vuelos.
No recuerdo como se veían los rostros de los invitados, ni el de Elisa ofreciendo el concierto. Siempre en los últimos compases estaba muy cerca al piano, para sentir el efecto de las notas musicales entrando en mí. Para Elisa, tocado por Elisa, danzando Isidora.
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Me decían Isidora, no era la niña de la casa, tampoco la criada, solamente tenía que compensar los beneficios recibidos. Elisa entraba a la biblioteca y leía a Bécquer, me encantaba escucharla, yo recién aprendía a leer, sentía placer cuando ella recitaba. La recuerdo todavía.
“Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado
¡Hoy creo en Dios!
Luego volvía a mi realidad, abría la vieja rinconera de calzados, las botas del tío Alfredo, siempre estaban limpias, a lo mejor no pisaba el suelo, los tacones de la tía Rosa, altos, muy altos, en ese entonces me encantaban, a escondidas solía caminar con ellos. También los de Elisa, pobre niña, siempre triste como sus zapatos, yo la amaba, nunca se lo dije, ambas éramos solitarias, compartíamos la música, los poemas y las cerezas.
Había colocado todos los zapatos en fila como me dijeron, “y esperas lo que demoras en rezar un Padre Nuestro” luego les sacas lustre. Ese día nunca lo olvidaré, quería pensar que danzaba, cerraba los ojos imaginando mi baile por los aires, mis alas de colibrí, ¡estaba en el cielo! ¿Para qué iba a rezar? Si los ángeles acompañaban mi danza. Una voz hizo que abriera mis ojos. – ¿Estabas rezando el Padre Nuestro? Preguntó la tía Rosa.
- Si, claro, rezaba tía, rezaba y, ya estaba por el cielo.-
Esa fue mi primera mentira, nunca más, otra tan dulce y tierna. Cuando hice la comunión, le confesé al cura, enojado me dio de penitencia, cinco Padre Nuestros y dos Ave Marías.